¿Es posible una acción política partiendo de la teoría del valor-trabajo?

Con la expresión acción política me refiero a la posibilidad de hacer germinar en la población una crítica a la sociedad del trabajo y de las mercancías capaz de derivar en formas de organización y participación política antagónicas (movimientos sociales, grupos de acción directa, etc.). Descarto entre las formas de organización política la de los partidos, aun bajo la falsa dicotomía que se establece ahora entre “viejos” y “nuevos”, pues en ambos la jerarquización y la aspiración a la gobernabilidad de lo dado imposibilitan una crítica radical desde su seno.

La cuestión es por tanto saber si estamos preparados para superar el fetichismo de la mercancía y subvertir la idea de trabajo como eje organizativo de la sociedad, del tiempo y de la vida.

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En Baltimore, Maryland, EEUU

Son tres las preguntas que resumen esta incertidumbre:

– ¿Las condiciones actuales de crisis del capitalismo facilitan la difusión y el desarrollo de las ideas de la teoría del valor-trabajo?

– ¿Cómo superar la psicologización que implica la teoría del fetichismo de las mercancías?

– ¿Somos capaces de imaginar otras formas de relación social, de diseñar aunque sea mentalmente sociedades post-capitalistas sin la dominación del trabajo abstracto y de las mercancías?

Con respecto a la primera pregunta creo que la crisis del capitalismo no ha traído consigo condiciones más apropiadas para la difusión y asimilación de la crítica radical que supone la teoría del valor-trabajo. Como hemos visto en los textos de diversos autores, la reacción más generalizada a la crisis del capital (o a su agonía en forma de turbo capitalismo) ha sido la de apelar al keynesianismo. Se ha optado por rescatar el papel del Estado como regulador económico y social, como si este no fuera un elemento más del capitalismo en su forma actual, u obviando que es uno de los instrumentos o subterfugios más empleados por los neoliberales. Y resulta cada vez más evidente que el capitalismo de Estado es otra de las múltiples caras de la sociedad de las mercancías.

La crisis del capital tampoco ha generado las condiciones necesarias para una “suspensión del juicio” con respecto al concepto de trabajo. La precarización de las condiciones de trabajo y la precarización del tiempo de vida (tiempo de vida que destinamos a comprar mercancías o a optimizarnos como otra mercancía más) parecen más bien suponer un acicate en la carrera frenética hacia mejores posiciones en el mundo del capital. Somos precarios en el trabajo, por lo que seguro que tarde o temprano nuestra situación puede o debe mejorar (como una especie de promesa religiosa).

Por otro lado, los desempleados, los incapacitados, los marginados (drogodependientes, presos, enfermos mentales), no se encuentran en situación de realizar una crítica del trabajo, por ser constantemente desplazados a la condición de cuasi-sujetos (en tanto que no se pueden relacionar con mercancías o como mercancías, no tienen cabida en nuestra sociedad, les falta algo).

Así pues, el hechizo persiste, y unos y otros aspiran solo a subir un escalón más en la sociedad de las mercancías: los desempleados a tener un trabajo, por precario que sea, para poder sobrevivir; los asalariados a mejorar sus condiciones laborales, su capacidad adquisitiva y tal vez llegar a formar parte alguna vez del grupo de los deseados “emprendedores”. A esto se le añade el brebaje del endeudamiento y ya se tienen listos todos los componentes para la inacción política.

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Dar el salto

¿Esperamos entonces a una transformación que parta del individuo?

Lo que me lleva a la segunda pregunta que planteé: cómo superar la psicologización que supone la teoría del fetichismo de las mercancías. Si bien la sociedad de las mercancías está basada en un tipo peculiar de relaciones sociales (las relaciones de los productores asumen la forma de una relación social entre los productos del trabajo), no es menos cierto que también responde a un modo subjetivo, cultural o aprehendido, de concebir la realidad. Esto es, mi mirada, aunque sea crítica, proviene de un sujeto que nace y crece en la sociedad de las mercancías. ¿Qué opción tengo entonces para reaccionar contra esta forma de sociedad? ¿Convertirme en un flaneur en la ciudad o en el campo aislarme como un ermitaño? ¿Cómo no sospechar de mí siempre, dado que soy un producto de la sociedad capitalista?

De esta sospecha se desprende que la labor de imaginar una sociedad post-mercancías no pasa de ser “política-ficción”. Consuela saber que el capitalismo no es una forma inmanente o ahistórica, pero concebir salidas colectivas a la sociedad de las mercancías se hace difícil. ¿Hay que comenzar por una huida individual o grupal hacia delante o hacia un lado? ¿Aprovechar los acontecimientos para desatar en cadena otros tantos que pongan en peligro o cuestionen la sociedad de las mercancías (acontecimientos en el sentido de Badiou o Lazzarato)? ¿Es posible encontrar formas de acción política que no acaben subsumidas o desactivadas por la maquinaria capitalista?

Al menos la crítica radical que representa la teoría del valor-trabajo no puede ser fagocitada por el sistema capitalista, por lo que su desarrollo teórico junto a la incorporación de los nuevos antagonismos, resulta indispensable para pasar de la política-ficción a una política-acción contra el trabajo y la valorización del valor.

Cristina Ventura

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