De la Teoría crítica frankfurtiana a la Teoría Crítica del Valor-Trabajo

SESIÓN EN FUNDACION INVESTIGACIONES MARXISTAS

Santiago Mercado, a la izquierda en la imagen, y Mario Domínguez, a la derecha

SESIÓN EN FUNDACION INVESTIGACIONES MARXISTAS [12052016]

Nuestra intervención va a partir de la utilización de un conjunto de conceptos de El Capital, las “categorías básicas” (mercancía, trabajo, valor, dinero) según una serie amplia de autores, cuyo uso procede de un intento de superar o enfrentar, por una parte, el estado de postración de la teoría marxista clásica, y, por otra, las insuficiencias de una comprensión tradicional del pensamiento marxista, presente en tantos movimientos autodenominados socialistas o incluso en las políticas de los llamados “países del socialismo real”. En esta ocasión deseamos exclusivamente ofrecer una breve introducción al pensamiento y conocimiento de lo que denominamos Teoría Crítica del Valor-Trabajo, que, como su nombre indica, no pretende ser sino una variante o continuación de lo que Marx denomina Crítica de la Economía Política, con la que subtitula su obra principal, el Capital. Empezaremos por retrotraernos a los años sesenta del pasado siglo, cuando en la República Federal Alemana (RFA) aparece lo que hoy se conoce como “La nueva lectura de Marx”, en la que podemos englobar a autores como Hans-Georg Backhaus, nacido en 1929 y Helmut Reichelt, de 1939, alumno éste de Theodor W. Adorno, alentado por Sohn-Rethel, ambos alumnos a su vez de Horkheimer y que continúan el trabajo realizado tempranamente por autores como Evgeny Bronislavovich Pashukanis y Isaak Illich Rubin en la URSS. Habría que añadir a esta línea las obras de Roman Rosdolsky en los 70 y sobre todo de Michael Heinrich en los años 90, con un par de obras publicadas en español. Estos autores, en el ambiente de la contestación creada por los movimientos estudiantiles de los sesenta, la crisis social del fordismo y el rechazo generalizado a la guerra de Vietnam, afrontan la posibilidad de un nuevo marxismo más allá del estalinismo y de la socialdemocracia, para lo que cuentan con un bagaje teórico importante, procedente tanto de los nombrados Isaac Rubin, Sohn-Rethel y Pashukanis como de la activa Escuela de Frankfurt. Este bagaje, que supone proponer una “nueva lectura de Marx”, pasa por una reinterpretación de la critica de Marx al capitalismo, pero ahora desde una perspectiva metodológica y teórico-social diferente, una reinterpretación que se pregunta en primer lugar sobre el objetivo original de El Capital de Marx y asimismo sobre la singularidad de la exposición científica marxiana. Esto, para alguno de estos autores, como es el caso de Michael Heinrich, supondrá replantearse también la relación entre los 3 libros de El Capital. Si bien la obra surgida de esta nueva lectura de Marx es amplia y muy compleja, podemos tratar de destacar algunos rasgos presentes de algún modo entre estos autores. Nos referimos a: • el rechazo del “sustancialismo” en la teoría del valor, esto es, la consideración de que el valor es portador de la sustancia trabajo aportado por cada trabajador en la producción de cada mercancía singular. • el rechazo de las concepciones instrumentales del Estado; y por último • el rechazo de las interpretaciones “obreristas” de la lucha de clases, a partir fundamentalmente de lo que algunos autores denominarán una “ontología del trabajo” que actúa como fundamento necesario para la revolución. En los años 70, esta lectura evoluciona en el sentido de una profundización en el entendimiento de la obra de Marx, por el que se le trata de despojar de ciertas lecturas que se consideran confusas por parte de Engels. Además, y al mismo tiempo que el althuserianismo, se promueve una comprensión meta-teórica nueva, en la que se interroga la propia autocomprensión que Marx tiene de su propia obra. En ese sentido, se entiende que a lo largo del desarrollo de las distintas obras de Marx se asiste a un movimiento de progreso y retroceso por parte del mismo Marx, en el que se entremezclan las consideraciones políticas o los conocimientos económicos que Marx trae de la teoría económica clásica con una conciencia radical por parte del propio Marx de la condición histórica y situada de las categorías referidas de valor, trabajo, dinero y mercancía, que no admiten ningún empleo trascendente o transhistórico de las mismas. Hay un desarrollo riguroso por el propio Marx de la teoría del valor desde los Grundisse hasta la segunda edición de El Capital. Por otra parte, la tesis que está en la base de la interpretación de Heinrich es que en la crítica marxiana de la economía política se cruzan dos discursos distintos, lo que genera toda una serie de ambivalencias fundamentales en sus desarrollos teóricos; según Heinrich, “debido a la enorme complejidad de la ruptura marxiana, el discurso de los economistas clásicos sigue ocupando un lugar central en muchos momentos de su exposición, con lo que Marx vuelve a situarse en el campo teórico que acaba de superar”. Backhaus transfiere a Marx una distinción que éste aplicó a Adam Smith, de suerte que Marx se desdoblaría en un autor con una parte “lógica, esotérica”, y otra parte “historicista, exotérica” (1997; análogamente, Kurz, 2000). La segunda, la exotérica, parece que se relaciona con el Marx comprometido con el movimiento obrero, y sería el llamado “marxismo de movimiento obrero”. En cualquier caso, desde el hundimiento del socialismo de Estado de procedencia soviética en Europa, estos enfoques se han asociado, con agresividad creciente, al rechazo de todo tipo de marxismo, en palabras de Wolfgang Fritz Haug. En este contexto, en el curso de los años 80 (1986) se funda en Nürnberg (Núremberg en español) la revista Krisis: Contribución a la crítica de la sociedad de la mercancía, con la participación de Robert Kurz, Roswitha Scholz, Ernst Lohoff, Christian Rehm, Norbert Trenkle and Claus-Peter Ortlieb. Este grupo, el Grupo Krisis, edita también durante un tiempo la revista Marxist Critique, a la vez que organiza seminarios y debates, y publica distintos artículos en revistas europeas y sudamericanas. En la revista Krisis, existente aún en la actualidad, se persigue una crítica de la sociedad capitalista contemporánea basada en una reinterpretación de los conceptos categoriales de Marx en El Capital sobre la mercancía, el valor, el trabajo abstracto y el dinero. En 1989, el Grupo se hace mundialmente conocido con su Manifiesto contra el trabajo, pero los acontecimientos que se producen ese año con la caída del Muro de Berlín y la posterior descomposición de URSS, eclipsan su importancia frente al furibundo “fin de la historia” con que el capitalismo que se siente triunfante responde al final de las ideologías. No obstante, aparece en 1991 el libro de Robert Kurz, “El colapso de la modernización”, aún sin publicar en español, aunque sí en portugués en Brasil. Editado en Alemania al inicio de la década de los noventa, en la prestigiosa colección “Otra Biblioteca”, organizada por el poeta y ensayista Hans Magnus Enzensberger, el libro surgió de una larga elaboración teórica y militancia política, y nació bajo la influencia directa de la caída del muro de Berlín, analizada en detalle por Kurz en La venganza de Honecker. Con el carácter audaz de Robert Kurz, El Colapso de la modernización es un análisis original de la caída de los países socialistas, e interpreta este fin de etapa como parte de la crisis del propio capitalismo. Como dice su maestro de ceremonias brasileño y admirador entusiasta de Kurz, Roberto Schwarz, el libro presenta las economías llamadas socialistas como “parte del sistema mundial de producción de mercancías, de manera que la quiebra de aquellas explicita las tendencias y callejones sin salida de éste”. Sugiere Kurz que los cambios ocurridos en el escenario internacional, con la quiebra en primer lugar, en los 70, de los llamados “Estados del bienestar”, esto es, las propuestas socialdemócratas, y posteriormente, a principios de los 90, de los Estados del llamado “socialismo real” o “capitalismos de Estado”, el capitalismo ha entrado en un punto sin retorno de su propia crisis. Según esta visión, “de ser verdadera (la crisis intrínseca al capital) , la apariencia inviable que el desarrollo de las fuerzas productivas tomó, llevando el capitalismo a un callejón sin salida, se confirmaría el pronóstico central de Marx”. Por otro lado, añade el brasileño, “a diferencia de la epopeya de Marx, que saludaba la apertura de un ciclo, la de Kurz está inspirada por su presunta clausura. Si en Marx asistimos a la profundización de la lucha de clases, donde las sucesivas derrotas del joven proletariado son otros tantos anuncios de su resurgimiento más consciente y colosal, en Kurz, 150 años después, el antagonismo de clase perdió la virtualidad de la solución, y con ella la sustancia heroica. La dinámica y la unidad son dictadas por la mercancía fetichizada – el antihéroe absoluto – cuyo proceso infernal escapa al entendimiento de burguesía y proletariado, que en cuanto tales no se enfrentan a dicho proceso. El Grupo Krisis fomentará, desde su posición marginal, y a través de su revista, de los seminarios y debates, el desarrollo de la “Crítica del Valor”, con la crítica en primer lugar a la sociedad fetichista del valor-trabajo y a la consecuente centralidad del trabajo abstracto, con el análisis de la crisis estructural que conduce a la reducción dramática de la cantidad de trabajo necesaria para la reproducción social a partir de la llamada tercera revolución industrial o revolución microinformática, y que trae como consecuencia que una creciente proporción de la población se vuelva superflua para el sistema y devenga excluida en primer lugar y prescindible en cualquier caso. Todo ello, en el entorno de una sociedad obnubilada por el fetichismo de la mercancía, que la hace atender a lo que es totalmente presente y se le presenta en las formas fenoménicas del precio, el salario, la renta, el interés, etc., sin posibilidad de observar o descubrir, como ya pedía el propio Marx, “la ley económica que rige el movimiento de la sociedad”. Desgraciadamente, en el año 2004, un conflicto entre miembros del colectivo lleva a la exclusión de Robert Kurz y Roswitha Scholz de la redacción de la revista por, entre otras cosas, un rechazo o negación de la condición escindida del valor, como defienden tanto Kurz como Scholz, que suponen que la parte del hombre no aprovechable por el trabajo asalariado, es decir, todo lo sensual o emotivo, es separada de éste, y relacionada con lo femenino, que se asigna a la mujer, mientras el modelo del sujeto del valor es masculino, blanco y occidental. Así Scholz explica la marginalización de personas que no cumplen con una de estas condiciones en la sociedad basada en el trabajo. Ambos, junto con otros miembros de la redacción y el apoyo entusiasta de distintos grupos de otros países, fundan la revista Exit!, que desarrolla, como es lógico, el teorema de la escisión del valor. También es importante, señala Kurz, el rechazo por parte de algunos miembros a la constante critica de la Ilustración que desarrollaba la revista al tiempo que la crítica del capitalismo. Robert Kurz, probablemente la figura más central de ambos grupos y revistas, fallece en su ciudad natal, Nürnberg (Núremberg, en español), en 2012, a los 69 años, en el curso de una operación, aunque su obra y pensamiento sigue desarrollándose de manera cada vez más amplia en distintos lugares del mundo. En el año 1998, Robert Kurz había escrito un artículo con el título “El doble Marx”, en el que expone un desarrollo detallado de lo que podemos denominar los dos Marx, exposición de gran interés para diferenciar la teoría crítica del valor-trabajo del “marxismo tradicional”, como le gusta denominarlo a Moishe Postone, otro de los autores importantes de los que deberemos hablar. En el mismo sentido que Marx había utilizado para caracterizar la obra de Adam Smith, Kurz utiliza la distinción de dos niveles en la obra de Marx, uno exotérico y otro esotérico. Kurz se plantea la actualidad –inquietante aún hace cincuenta años y desaparecida en estos momentos- de “El Manifiesto comunista” y se pregunta acerca de las causas de este acontecimiento. Distingue pues, un primer Marx, el Marx exotérico, descendiente y disidente del liberalismo político de su época, político socialista y mentor del movimiento obrero, que impulsa, incluso en el Manifiesto la reivindicación de derechos civiles y de “un salario justo para una jornada de trabajo justa”. Este Marx, el de la “lucha de clases”, adopta una “perspectiva ontológica” del trabajo, que en todo caso busca la sustitución de la propiedad privada de los medios de producción por la propiedad estatal, pero no la abolición del trabajo [abstracto o bajo el capitalismo]. Aunque sus protagonistas sean conscientes de la presencia de las así llamadas “condiciones materiales”, lo que impulsa y define la historia que busca la revolución es la subjetividad integra de la voluntad consciente de intereses sociales antagónicos, una clase (la obrera o proletaria) contra otra clase (la capitalista). Aún se escucha ingenuamente las pretensiones ilustradas de reducir la sociedad a actos de voluntad conscientes. Su objetivo es invertir las relaciones de dominación, de tal modo que el proletariado “pueda despojar paulatinamente a la burguesía de todo su capital”. Obviamente, con este capital se hace una referencia a la riqueza material y no al “sujeto automático”, el capital, que da forma y direccionalidad a esta forma social. Dinero y Estado, reflexiona Kurz, aparecen en este relato como objetos neutros, de tal forma que pueden ser apropiados sin más por una u otra clase, en nuestro caso por el proletariado. El segundo Marx, el hasta ahora oscuro y poco conocido Marx del fetichismo de la mercancía, esotérico, según esta peculiar denominación, y negativo, crítico radical del “trabajo abstracto” y de la ética represiva que caracterizan al sistema moderno de la mercancía, orienta su análisis hacia la propia “forma social del valor”, así como al carácter histórico del propio sistema y de las categorías que nos aparecen en su análisis, los conceptos de mercancía, de valor, de trabajo o de capital, todos ellos situados y no transhistóricos ni trascendentales. Su objetivo ya no es la “plusvalía no pagada” o la explotación, sin negar ni minusvalorar su existencia, ni el fetiche jurídico de la propiedad privada, sino “la forma social” del capital y el valor, común a todas las clases, “sujeto automático” de nuestra sociedad y causa primera de todos los antagonismos. Su carácter fetichista es esencial en esta estructura social sin sujetos, constituida a espaldas de los que en ella estamos, los que vivimos sometidos al absurdo fin de la transformación continua de la energía humana en dinero. Una sociedad que tiene como único motor la “autovalorización del valor”, en un objetivo sin fin y sin límites, excepto la destrucción “impersonal” de todo aquello de lo que el capital se puede apropiar bajo la forma de la mercancía. En la lectura de este segundo Marx, algunas afirmaciones de El Manifiesto apenas tienen sentido: el capital ya no es una cosa que se le podría quitar al capitalista, no se trata de prolongar la “lucha de clases” hasta la victoria final. El capital no es sino una relación social total del dinero totalizado, independiente en un movimiento “fantasmático” en la reproducción de sí mismo, “sujeto automático” de su autovalorización. Es necesaria, pues, «una ruptura consciente con esta “forma” para pasar del movimiento disparatado del valor y de sus elementos categoriales (mercancía, trabajo, dinero, mercado, Estado) a una “administración de las cosas” entre todos, emancipatoria, que use las fuerzas productivas según criterios de la “razón sensible” en vez de abandonarlas al ciego procesamiento de una máquina fetichista». Si nos preguntamos de nuevo acerca de la actualidad de El manifiesto, tendremos que respondernos que el texto se ha vuelto irreal porque “la lucha de clases ha llegado a su fin, y por tanto su lenguaje estimulante se petrificó en el documento histórico”, ahora es la crisis del capital y el trabajo abstracto la que impregna nuestra vida, aunque parece un problema “invisible” sufrimos cada día sus consecuencias y ha llegado ahora la hora del segundo Marx. Quizá la hora de otro Manifiesto, tal vez la del “Manifiesto contra el trabajo”.

12 de mayo de 2016

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